lunes, 23 de octubre de 2017

“Mil millones de años hasta el fin del mundo”, de Arkadi y Borís Strugatski (Trad. Fernando Otero)

Haber leído un único libro de los hermanos Strugatski (Stalker, una obra maestra se mire por donde se mire) no me convierte experto en la materia, pero casi. De ahí que hoy me suba nuevamente a este púlpito. Iba a dar una nueva lección magistral pero, una vez más, voy fatal de tiempo. O leo o escribo. Ya no me da para todo.

De modo que hablemos de la novela.

La novela, inédita en español prácticamente hasta la semana pasada y censurada en su momento por el aparato represor (que es una cosa que vende tanto que a veces parece que no haya libro que no se haya sido escrito en semejante situación), etc, es una completa locura que no sabe uno muy bien cómo tomarse. Con humor, supongo; al fin y al cabo así es como fue escrita. La historia es la siguiente: un científico está a punto de resolver no sé qué gran misterio insondable que puede llegar a ser, o no, un gran descubrimiento social; suponer una avance en su campo y tal y cual pascual. Bueno, lo que sea. El caso es que para llegar a buen puerto manda de vacaciones a su mujer y su hijo porque si algo nos ha demostrado la literatura y el cine es que con la mujer y el niño en casa es completamente imposible sacar adelante ningún trabajo no digamos ya una fórmula matemática revolucionaria.

En el momento que ambos se van, esto es, en el momento que este buen hombre se queda completamente sólo, empieza la novela ergo empieza un festival de visitas que ni el camarote de los hermanos Marx. Al pisito de nuestro buen amigo va llegado todo tipo de gente: amigos, vecinos, completos desconocidos... incluso amistosos vecinos que son al tiempo completos desconocidos; también una mujer misteriosa, un par de hombres de negro y una suerte de cesta de navidad de origen incierto. La cosa se enreda. En algún momento, no muy avanzada la novela y superado el desconcierto inicial (o, más bien, una vez nos acostumbramos a él) llegamos (se llega) a una conclusión que prefiero no desvelar pero que tienen mucho que ver (todo, en realidad) con un fin de mundo (un fin del mundo que bien puede estar al caer, como demorarse mil millones de años como directamente no llegar nunca) y unos hombrecitos verdes con ansias de manipulación global, que es una cosa que siempre da mucha calidad a las novelas, sobre todo cuando éstas son de ciencia ficción.

La novela, breve como un suspiro, es simple como una conversación entre cuatro hombres a cual más conspiranoico. La exposición de los hechos, que cada uno hace, se acompaña del resultado de la diarrea mental propia de quienes gustan de teorizar sobre algo que desconocen, cuando no directamente ignoran, en un entorno de terror y sometimiento. A ratos desconcertante, a ratos hilarante, Mil millones de años hasta el fin del mundo es una curiosa y entretenida novela que no aspira a ser mucho más.

viernes, 13 de octubre de 2017

“Kes” de Barry Hines (Trad. Diego Uribe-Holguín)

El título original de esta novela es A kestrel for a Knave. Si tienen ustedes un rato intenten traducirlo, a ver si les sale lo mismo que a los de Impedimenta. Si tienen dos pregúntense qué sentido puede tener a estas alturas de la película, valga la redundancia, ponerle a un libro el título de su adaptación cinematográfica y si esto habla bien o mal y en qué medida de los editores y ese tan cacareado respeto por la obra.

Por si sienten curiosidad, Kes es el nombre del pajarraco.

Dicho lo cual, Kes es una novela absolutamente prescindible. A ratos entretenida, a ratos dilatada en exceso pese a su brevedad, pero en general inofensiva a no ser que uno sea amante de los pájaros desde su más tierna infancia y simpatice especialmente con el protagonista y su miserable condición, en cuyo caso habría que advertirles que eso no es un valor que tenga en sí mismo mucho de literario.

La novela se acompaña de un epílogo absolutamente prescindible en el que el propio escritor cuenta cosas tipo lo mucho que le gustó a la gente una novela por la que le seguían preguntando cuando ya era historia, de dónde le vino la idea, en qué se equivocó y qué experiencias tuvo con halcones. También nos cuenta que hicieron una película, así como las diferencias entre la una y la otra, etcétera. Una cosa mala de poco interesante pero muy a la altura del resto, sin desentonar un ápice.

La historia, antes de que se me olvide, va de un niño triste y pobre como una rata, medio amante de la naturaleza y de familia desestructurada (se incluye hermano hijo de puta y madre desnaturalizada) que un día encuentra un nido de cernícalos en lo alto de un muro, muro al que no duda en subir para hacerse con uno. También entra en una librería para robar un libro (ya hemos dicho que era pobre) de cetrería. Esto en flashback pues la novela ya es él en modo experto, que tienen que verlo qué manejo y qué soltura y qué gracia. Y lo bien que le va cuando están juntos, porque fuera del cobijo de la plumas del sujeto volador, el chaval es un completo desastre a todos los niveles: tanto por su torpeza natural como por la animadversión, también bastante natural, que genera en su entorno. 

Kes es la típica sosez que cuenta con miles de adeptos no se sabe bien por qué, seguramente por su argumento simple, su brevedad, su tono lastimero, su mensaje simple, su permanente búsqueda de la lágrima fácil o la vergonzosa obviedad de sus intenciones. Que bien, ojo, pero como novela infantil, tal vez juvenil, en ningún caso adulta y en ningún caso merecedora del prestigio que se le supone.



jueves, 28 de septiembre de 2017

“Las niñas prodigio” de Sabina Urraca

Un mes de silencio es tanto silencio que ya casi no me acordaba de la ruta para llegar aquí. Me van a tener que perdonar. Por la ausencia, digo, por esta ausencia insoportable. Había una buena razón: sin venir a cuento de nada (siendo nada veinte años de promesas incumplidas) a comienzo de mes me dio por leer Los miserables que, como bien sabrán, es un libro bien grandote que si se lee en las pausas para el café te puede llevar la vida y si no, puede que también. A mí me llevo prácticamente todo este silencio.

Pero no hemos venido aquí a hablar de Los miserables. Porque a quién demonios le importa el libro cuando te puedes ver la película.

Por favor.

Bueno, a lo que iba: hoy toca reseña. No se la tomen en muy serio (o sea, como siempre) porque es de reenganche, esto es, para hacer dedo, esto es, que sin tener gran cosa que decir, les voy a soltar cuatro chorradas, tres obviedades y visitaremos un par de lugares comunes total para dejar caer como si nada que mejor nos hubiera ido leyendo prácticamente cualquier otra cosa de las que teníamos en espera.

Sabina Urraca es una joven escritora…. A ver: Sabina Urraca es una joven escritora. Punto. Yo sé que esto no debería importar, pero importa. Importa y se nota. Se nota en el estilo, correcto e impersonal, y se nota en el argumento, casi generacional. 

Aquí la historia: en Las niñas prodigio la protagonista y escritora se recluye voluntariamente en un caserón de mala muerte a escribir este libro en el que relata un poco lo que ha venido siendo su vida hasta la fecha: baños de sexo, drogas, alcohol y bares de copas. Incluye: enamoriscamiento de un imbécil, amistades ocasionales, sexo con gilipollas y una (puta) boda. Se puede pedir más, pero hay que ir a buscarlo al arroyo. Juventud divino tesoro. Yo esperaba otra cosa: un doble fondo, una luz cegadora, cierta perspicacia, pero no lo encontré. Ni A, ni B, ni C. Esperé media novela y nada. Miré bajo de la solapa, al final de la contraportada, en los márgenes del libro. Na-da. De modo que la otra media fui justificada resignación aliñada con un pico de frustrada esperanza. 

La novela terminó con un servidor de ustedes agonizando de puro tedio en la terraza de un bar al borde de un río en el que unos patos que parecían salvajes sin serlo ni remotamente escenificaban un cortejo que fingí creer sexual y que resultaba ser infinitamente más interesante que la vida social de una aspirante a mileurista reconvertida en ocasional okupa rural, placentera y fantasmal.